La muerte de un adolescente de 15 años en Chascomús no solo abrió una investigación judicial por una violenta agresión, sino también un debate incómodo sobre los límites entre la indignación social frente al delito y la violencia ejercida por mano propia.
El hecho ocurrió luego de que dos menores circularan en una motocicleta que había sido robada días antes. Al ser reconocidos por los propietarios del rodado, comenzó una persecución por el centro de la ciudad que terminó en un choque, tras tomar una calle en contramano.
Según se investiga, tras el impacto uno de los hombres que participaba de la persecución habría atacado brutalmente al acompañante, que ya estaba en el suelo e indefenso. El joven quedó inconsciente y murió días después a causa de las lesiones sufridas.
El caso expone una escena atravesada por el hastío social frente a la inseguridad, pero también por una reacción que se corre de los márgenes legales y abre interrogantes profundos. La Justicia busca establecer responsabilidades penales, mientras el episodio deja al descubierto una tensión cada vez más visible: la línea difusa entre la bronca acumulada y un acto de violencia que termina siendo, en sí mismo, otro delito.
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